Inicia Temporada Taurina 2014

A los Toros!! Se abre la Temporada Taurina 2014 con la primer gran Corrida en la Plaza Monumental de Tijuana el dia 20 de Julio a las 5:00 PM.

Teniendo a la figura mexicana Eulalio Lopez Zotoluco, El Triunfador de Tijuana Arturo Macias “El Cejas” y la nueva promesa Ricardo Frausto.

Lidiando 6 hermosos y bravos toros de Pozo Hondo

No se pierda esta gran corrida!!

Venta de boletos en www.boletea.com y Hotel Palacio Azteca

Bienvenida temporada taurina 2014.

 

 

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Confirmado. La Temporada Grande 09-10 de La México, inicia el 8 de noviembre con Ponce y la despedida de Manolo Arruza

IMG_0781En la presentación de la Temporada Grande 2009-2010 de la Monumental Plaza de Toros México, el empresario Rafael Herrerías confirmó algunas combinaciones de los carteles, pero aún faltan por completarse, pues en cada uno faltó un matador mexicano y en el caso de las corridas de 27 de diciembre y 3 de enero un cuarto espada, ya que esas corridas serán de ocho toros:

La temporada inicia el domingo 8 de noviembre con la despedida de Manolo Arruza y Enrique Ponce.

Domingo, 15 de noviembre:

Rafael Ortega y Miguel Ángel Perera.

Domingo, 22 de noviembre:

Manolo Mejía y José Mari Manzanares.

Domingo, 29 de noviembre:

José Tomás y Arturo Macías El Cejas.

Domingo, 6 de diciembre:

Cayetano Rivera Ordoñez y Octavio García El Payo.

Domingo, 13 de diciembre:

Guillermo Capetillo y José Antonio Camacho Morante de la Puebla.

Domingo, 20 de diciembre:

Uriel Moreno El Zapata y Daniel Luque.

Domingo, 27 de diciembre:

Pedro Gutiérrez El Capea y Guillermo Martínez.

Domingo, 3 de enero:

Antonio Barrera y Miguel Ortas Miguelete.

Domingo, 10 de enero:

Fernando Ochoa y el francés Sebastián Castella.}

Domingo, 31 de enero:

Julián López El Juli.

Domingo, 7 de febrero de 2010:

Extraoficialmente José Tomás repetirá el 14 de febrero de 2010 y Ponce el 21 del mismo mes. También el empresario del coso más grande del mundo, comentó que los carteles se completarán una semana antes que se realice cada festejo, porque los toreros triunfadores irán repitiendo sus actuaciones, además se podrán contratar otros toreros que no están anunciados en el elenco.

De la contratación de Federico Pizarro dijo Herrerías que no había podido contactar a su apoderado, porque se encontraba en Las Vegas. Sobre Zotoluco, Ignacio Garibay, Rodolfo Rodríguez El Pana, Pepe, López, Joselito Adame, Víctor Mora y Aldo Orozco, nada se comentó.

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Corridas de Toros en la República Mexicana

Martes, 6 de octubre:

Tlahuelilpan, Hidalgo: Novillos de Teófilo Gómez para Oscar Román, Rafael Ortega, Ignacio Garibay y Pedro Gutiérrez El Capea, en un festival.

Viernes, 9 de octubre:

Morelia, Michoacán: Novillos de Villa Carmela y dos erales de Coroneo para Sergio Flores y Lupita López con la actuación especial de Michelito Lagravere.

Sábado, 10 de octubre:

Pachuca, Hidalgo: Toros de Guaname para Pedro Gutiérrez El Capea, Guillermo Martínez y Arturo Macías El Cejas.

Tlahuelilpan, Hidalgo: Novillos de El Vergel para Manolo Mejía, Federico Pizarro, Alfredo Gutiérrez y Cristián Hernández, en un festival.

Domingo, 11de octubre:

Coacalco, Estado de México: Novillos de El Vergel para Manolo Olivares, Salvador López, César Ibelles y Manolo Sánchez Mejías.

Guadalajara, Jalisco: Novillos de diversas ganaderías para Juan Francisco Almeida, Luis Manuel Pérez El Canelo y Alfonso Mateos.

Ixtlahuaca, Estado de México: Reses de Real de Saltillo para Manolo Mejía y Humberto Flores, en un mano a mano.

Monterrey, Nuevo León: Toros de El Junco para Fernando Ochoa, Juan Antonio Adame El Bala y  Aldo Orozco.

Pachuca, Hidaldo: Toros de Real de Saltillo para Leonardo Benítez, Alfredo Ríos El Conde e Israel Téllez.

Teocaltiche, Jalisco: Ganado de Puerta Grande para Arturo Macías El Cejas, Fermín Spínola y Fabián Barba.

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¿Por qué vamos a los toros?

torero1Por: Ernesto Gutierrez

El día de corrida el aficionado irá a la plaza. El cartel es lo de menos, toree quien toree.

Con el tiempo propicio o inadecuado para una tarde de toros. En ocasiones hará un viaje a cualquier parte donde se anuncia un festejo. Todo para asistir a presenciar el arte del drama taurómaco. Así con cualquier condición  va a la corrida ese día, y volverá una y otra vez teniendo como motivo primordial el recuerdo. Si, ese recuerdo de aquel quite o de aquel par de banderillas, inclusive de aquella tarde   en que salió un toro de tal bravura y estampa que no se ha olvidado.

Recuerdo de imágenes taurómacas de toros y toreros que deseamos volver a paladear. Mito, fantasía, esperanza o nostalgia ese recuerdo que ha quedado grabado en la pupila y en la memoria nos lleva una y otra vez a la plaza taurina.

Volveremos a ver lo que recordamos?….tal vez…….

Pero mientras esos recuerdos estén vivos en la imaginación y memoria los aficionados  iremos a deleitarnos de la fiesta de seda, sangre y sol.

 

MUSICA TORO – PASODOBLES

 

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Historia del arte de torear

INTRODUCCIÓN

Historia del arte de torear, aspectos mitológicos, históricos, técnicos y artísticos de los juegos del hombre con el toro desde sus orígenes hasta la actualidad.

Todos los pueblos que habitaron en la antigüedad la península Ibérica, como iberos, griegos, fenicios o romanos, mantuvieron ritos de origen religioso, totémico o mágico con los toros. Además de ese vínculo, cabe suponer otro, contemporáneo o un poco más tardío, más doméstico, emparentado con la existencia de las grandes manadas de bóvidos—entre ellos toros— existentes en los pastos andaluces, de la meseta castellana o de las tierras del norte, y en particular de Navarra. Llama la atención que se trate de las mismas zonas donde todavía hoy ramonean las ganaderías de toros bravos españolas.

El primer mito que recoge la historia, basado en un protagonista seguramente real, es el del tirano Gerión y la llegada a España del Hércules egipciaco. Muy pocas noticias existen respecto a su extensión en la cultura de Tartessos. Estos ritos están mucho más documentados en la cultura talayótica de las islas Baleares durante la edad del bronce, que perdura incluso después de su conquista por Roma. Los iberos legaron un documento precioso hoy desaparecido: la estela de piedra de Clunia, que representaba a un hombre armado de pica corta y escudo que se enfrenta a un toro, y en la que se ha querido ver la primera reproducción de un espectáculo, una lidia, y no una simple cacería. Los celtas de la cultura de los verracos tenían por figuras de simbolización funeraria a los toros. Así, los célebres de Guisando y otros esparcidos por lugares de la meseta interior y del noreste de España. No hay acuerdo, sin embargo, entre los estudiosos respecto al eslabón que pudo existir con los cultos al toro cretenses y sus danzas rituales. Para algunos es evidente el parentesco, para otros proceden de raíces absoluta o casi absolutamente dispares y sin conexión entre ambos. Los romanos incluyeron, aunque de forma tardía, los toros en sus circos y anfiteatros. Se sirvieron de ellos para enfrentarlos entre sí o con otros animales y también como instrumentos de castigo o de martirio. Los sucesivos invasores bárbaros, los visigodos en especial, no mantuvieron relación alguna con los cultos nativos ni tenían de por sí vínculos con el toro.

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EDAD MEDIA

Los primeros intentos de elaborar una tauromaquia conducente a la moderna no se producen, en verdad, hasta el siglo XVIII y primeras décadas del XIX, aunque sus antecedentes, en formas distintas, se remontan hasta la España medieval. Los historiadores resaltan un carácter cinegético y deportivo en los tratos del hombre del primer medievo con el toro. En los textos en los que nace la lengua castellana escrita, las referencias a correr los toros aparecen ligadas, y con carácter de costumbre remota, al regocijo de los asistentes en distintas celebraciones y festividades. Así en la Crónica, versión prosificada del Cantar de mío Cid y, también, en las de Los siete infantes de Lara y de la peregrinación del rey Luis VII de Francia a Santiago de Compostela. También en el Poema de Fernán González. En el siglo XIII, las Cantigas de Alfonso X el Sabio recogen, en la número CXLIV, cómo Santa María guardou de morte un home bo de Pracença d´un toro que ueera pelo matar.

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RENACIMIENTO

En el XVI aparece el toreo caballeresco, que tendrá su culminación en el siglo siguiente. Fiestas y ferias con concurrencia y muerte de toros, que eran más parecidas a los torneos que a la corrida según su entendimiento actual y en las que participaban los nobles como uno más de los modos de demostración de su fuerza y arrojo, así como de su galanura y cortesía. De su resistencia a huir de la cara del toro, es decir, del rechazo del diestro a huir ante el peligro de la cornada, por cierta e inminente que ésta sea, procede uno de los dichos que todavía se conservan en el argot taurino: tener vergüenza torera. La suerte más practicada era la lanzada a caballo. De ésta existieron dos variantes: la llamada rostro a rostro y al estribo. El noble, montado en su cabalgadura, se enfrentaba al toro en un recinto cerrado y, esperando su embestida, —de frente si era rostro a rostro; de costado si era al estribo— hundía la lanza o pica en cualquier parte del cuerpo de la res, procurando apartarse de la trayectoria de la embestida y causar, además, una muerte fulminante. Pasa por ser su creador, aunque no todos los tratadistas se ponen de acuerdo, don Pero Ponce de León. Estas celebraciones tenían también una vertiente popular en la que muchos de los intervinientes alanceaban o asaeteaban al animal desde distintos lugares del recinto hasta llevarlo a la muerte.

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BARROCO

Durante el siglo XVII, en estas prácticas propias de las novelas de caballerías, la lanzada se sustituyó por suertes más complejas que, aunque todavía primitivamente, anuncian el futuro rejoneo. Los primeros matadores de toros a pie de los que se tiene referencia histórica datan de 1385 —los denominados entonces matatoros— y se puede afirmar que durante los siglos XIV y XV esta primitiva modalidad del toreo era la única y dominante en Navarra, Aragón y los Pirineos. En su expansión al resto de los territorios taurinos desempeñaron un especial papel las gentes del pueblo y los lacayos que intervenían, junto a los nobles y caballeros, como ayudantes de los mismos en las ocasiones de peligro. Solían protegerse de las acometidas del toro con una capa que llevaban doblada sobre el brazo y esgrimiendo cuchillos o espadas. Cualquier herida que se infligiera al animal era considerada como buena.

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SIGLO XVIII

El siglo de la Ilustración, el Siglo de las Luces, del imperio de la razón, en el que convivieron ideas procedentes del barroco y del neoclasicismo, con los primeros apuntes del romanticismo, fue para el arte de torear la cuna de la concepción moderna de sus prácticas y reglamentos. Lo que no ha impedido que, por la inexistencia o pérdida de muchos de sus documentos históricos, se la denomine la edad oscura. El plebeyismo sustituyó a la aristocracia en la preeminencia de la fiesta, que perdió su identidad caballeresca y encumbró las hazañas de los hombres del campo, celebradas por las masas con alegre algazara. Baste el testimonio de la procedencia o el destino laboral al que estaban destinadas tres de las mayores figuras de la época: Pedro Romero, como toda su familia, carpintero; Joaquín Rodríguez Costillares, como otros muchos antes y después, operario de matadero; y José Delgado Pepe-Hillo, aprendiz de zapatero.

Durante este siglo se formaron las primeras ganaderías y con ellas se constituyeron las castas fundacionales. Se redactaron preceptivas y tratados de tauromaquia. Se construyeron las primeras plazas de toros de fábrica, no temporales. Y, por último, se impuso con carácter definitivo el toreo a pie. Ya desde la segunda y tercera décadas del siglo XVIII, incluso el toreo a caballo lo desempeñaban profesionales. La figura principal de cuantas intervenían entonces en la lidia era el varilarguero: un picador de vara larga, más parecida a la lanza que al rejón, que montaba sus propios caballos y que, como recuerdo de viejas tradiciones, merecía mayor consideración que los matadores de a pie. Puede considerársele un punto intermedio entre el noble alanceador y los piqueros de hoy en día. Surgieron también los primeros nombres de varilargueros y matadores, que individualizan a los protagonistas de la lidia. Es curioso que en la historia del toreo el nombre de algunos cornúpetas célebres tiene tanta importancia como el de los propios hombres encargados de matarlos, en especial si, además, son éstos los que han caído bajo sus astas. El nombre de los toreros aparece ya acompañado casi siempre del inevitable apodo. Entre los varilargueros destaca José Daza, Manzanilla (Huelva, activo desde 1740 a 1765), que después de retirarse redactó un tratado sobre el toreo a pie y a caballo de singular importancia. Otro, muy famoso, fue Fernando del Toro (Almonte, Huelva), al que pintó Francisco de Goya.

Es importante recordar que las suertes entonces interpretadas por los matadores mezclaban en un todo los precedentes del futuro toreo con maniobras circenses y otras extravagancias. Así, por ejemplo, se practicaba el salto del trascuerno, que consistía en saltar sobre el toro apoyando el pie en la testuz del animal y saliendo por su cola, o se le tapaban los ojos con parches de pez. Un torero llamado Antonio Ebassus Martincho —activo desde 1747 y representado varias veces por Francisco de Goya— ejecutaba el salto que lleva su nombre brincando por encima del toro con los tobillos amarrados por grilletes. En otros casos, banderilleaba sentado en una silla, con los tobillos sujetos entre sí y citando con un sombrero. Incluso Francisco Montes Paquiro, que además fue uno de los principales tratadistas de la lidia, practicaba los saltos al trascuerno y con la garrocha, este último llamado así por apoyarse el saltador en una vara larga que, clavado su arpón en el suelo, hacía las veces de pértiga que impulsaba su cuerpo por encima del de la res. Las banderillas unas veces eran de fuego y en otras llevaban “bombas con pájaros dentro, que al sacudir la fiera los lomos y rotas las mallas de papel, salían volando libres”. En los carteles que anunciaban las corridas podían leerse frases de este tenor: “A fin de aumentar la diversión del público con alguna variedad digna de su obsequio, el noveno toro será amarrado a dos palos, que se fijarán en la plaza, para que lo ensille y monte un negro de veintidós años de edad, llamado Ramón de Rozas Hernández, natural de la ciudad de Veracruz, en el reino de Nueva España, el que, a imitación del difunto Mariano Cevallos, quebrará rejones desde el mismo toro, al que soltará después, matando, por último, con un puñal, al que va montado”. Sin embargo, poco a poco, matadores y subalternos van delineando las que serán suertes y maneras del toreo reglamentado. Contribuyeron a ello, entre otros: Lorenzo Manuel Martínez Lorencillo, quien obligó a los banderilleros a clavar los rehiletes a pares; Juan Romero, reformó las cuadrillas, dirigidas, desde entonces, por el matador, al que obedecían varilargueros y subalternos. Estos últimos le ayudaban a la hora de matar. Jerónimo José Cándido ideó la estocada al encuentro e introdujo la costumbre de dar la vuelta al ruedo correspondiendo a los aplausos de los espectadores después de realizar una suerte de modo especialmente feliz; Joaquín Rodríguez Costillares inventó la verónica y el volapié y propagó el uso de la muleta. Perfeccionó también las banderillas (véase Útiles de torear), descubriendo métodos para parear en cualquier terreno y disposición de la res. Francisco Herrera, Curro Guillén, fue quizá el primero que organizó una cuadrilla infantil. Tenía sólo 15 años.

 

En el último tramo del siglo XVIII comparten actividad dos toreros que van a marcar, con su estilo y también con su enseñanza, el rumbo de la fiesta: Pedro Romero, cabeza de la más gloriosa estirpe de toreros del siglo, que en su vejez hacía recuento de los toros que había despachado, elevándolos a una suma superior a los 5.000, sin que uno solo le hubiera herido jamás. “El matador de toros”, decía, “debe presentarse al bicho enteramente tranquilo, y en su honor está no huirle nunca teniendo la espada y la muleta en las manos. Delante de la res no debe contar con sus pies, sino con las manos; y una vez el toro derecho y arrancando, debe parar aquellos y matar o morir”. Para Pedro Romero el epítome del toreo es la muerte del toro, que es cifra única de la calidad y valor del matador, sea como sea realizada la estocada. Él brilló de forma muy destacada en la suerte de recibir. El instrumento de ayuda fundamental es la muleta, “en la que Romero es inimitable —a juicio de uno de sus contemporáneos— ya llevándola horizontal al compás del ímpetu del toro, ya llevándola a rastras como barriéndole el piso donde ha de caer”. Se vistió por última vez de torero el 20 de octubre de 1799. Fue el origen de la escuela rondeña y el primer director de la efímera Escuela de Tauromaquia de Sevilla.

La escuela sevillana tuvo su origen en el toreo y la didáctica de José Delgado Pepe-Hillo o Pepe Illo, según distintos tratadistas, nacido en 1754 en Sevilla. Fue discípulo de Costillares y mantuvo con Pedro Romero una dura pugna por la preeminencia en los ruedos. Para Pepe-Hillo todo cuanto se hace en la plaza, incluida la muerte del toro, forma un conjunto que ha de ser coherente y estable. Cada una de las suertes ha de realizarse con habilidad y gracia, tanto con la capa como con la muleta. Perfeccionó la verónica e inventó el capeo de espaldas o “de frente por detrás”. En 1795 publicó en Cádiz, redactada por su amigo don José de la Tixera, La tauromaquia o el arte de torear, entre cuyos preceptos incluye uno que ha de ser fundamento de las suertes de capa y muleta hasta nuestros días: cargar la suerte, que es “aquella acción que hace el diestro con la capa cuando sin menear los pies tuerce el cuerpo de perfil hacia fuera, y alarga los brazos cuanto pueda”. “Tender la suerte”, hoy término en desuso, “es lo mismo que cargar la suerte, con la diferencia que se lleva más tiempo tendido el engaño”. Murió el 11 de mayo de 1801, en Madrid, como consecuencia de las heridas que le causó el toro Barbudo de la vacada de Peñaranda de Bracamonte.

No fue el primer torero que murió en los cuernos de un toro, pues ese trágico honor le corresponde a José Cándido Expósito (1734-1771), sí fue el primero que por su celebridad y trascendencia conmovió al morir el planeta taurino.

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SIGLO XIX

Aunque en su tercio final el siglo XIX conoció la que ha sido denominada primera edad de oro del toreo, las primeras tres décadas asistieron, sin embargo, a un importante decaimiento del arte taurino. Primero, por la prohibición dictada en 1805 por el rey Carlos IV de celebrar corridas de toros o novillos en todo el reino; después, por la larga Guerra de Independencia —aunque José Bonaparte levantó la prohibición, la división de los españoles y la extenuación de las ganaderías fueron factores determinantes— y, sobre todo, porque tras la muerte de Pepe-Hillo no surgió hasta 1830 ningún torero que mandase por su arrolladora personalidad en los ruedos. Habrá que esperar a la aparición de Francisco Montes Paquiro (1805-1851), al que se llamó el Napoléon de los toreros y al que también se le ha aplicado el apodo de el gran legislador, cuya alternativa (18 de abril de 1831) coincidió con los comienzos del romanticismo. Había sido el alumno más brillante de la Escuela de Tauromaquia de Sevilla. Se le atribuye la invención del galleo, que, en sus propias palabras, se diferencia del mero recorte en “que se hace a favor del capote o algún otro engaño, mientras que el recorte se ejecuta sólo con el cuerpo”. Pero su mayor aportación a la lidia fue la publicación en 1836 de su Tauromaquia —redactada por Santos López Pelegrín, con el seudónimo de Abenamar—, que fue la primera que combinaba los elementos técnicos con los fundamentos tácticos de la lidia, y éstos, a su vez, con la primera organización seria de las cuadrillas y las funciones de cada uno de sus participantes en las suertes reglamentadas para cada uno de los tercios —varas, banderillas y muerte— en que se divide la corrida. Alumno también de la Escuela de Sevilla fue el madrileño Francisco Arjona Cúchares (1818-1868), que dejó para la posteridad la equiparación del arte de torear con “el arte de Cúchares”, siendo su toreo efectista, generoso con los gustos del público, por más que pudieran ser inclinaciones vulgares y, desde luego, de una extrema sabiduría sobre las reacciones del animal y de un valor próximo a la temeridad. En recortes y galleos no tuvo rival, y el toreo moderno le debe, pese a lo heterodoxo de sus métodos, mucho del lucimiento en las suertes de muleta. Desde el 29 de septiembre de 1865, día de la toma de alternativa de Rafael Molina Sánchez Lagartijo, hasta 1890, cuando se retira de los ruedos Salvador Sánchez Frascuelo, cifran los historiadores la primera edad de oro del toreo, marcada por el enfrentamiento en los ruedos, que no en la vida privada, donde fueron grandes amigos, de ambos diestros.

Este tipo de competencias no era nuevo; es más, en cierto modo, el siglo XIX ha sido conocido también como el del origen de “las colleras de toreros complementarios” (aunque el término de Fernando Villalón pertenece al lenguaje campero y del rejoneo: pareja de jinetes que acosan a caballo a la res para derribarla o pareja de rejoneadores que actúan de forma conjunta en la lidia), y así se vivieron las contiendas de El Chiclanero y Cúchares, de El Tato y El Gordito y se vivirían después las de Bombita y Machaquito, para culminar, al siglo siguiente, con la que ha sido considerada paradigma de todas: Joselito y Belmonte. Pero la lucha entre Lagartijo y Frascuelo fue la primera entre dos toreros excepcionales, capaz cada uno de por sí de señalar la fiesta con su nombre.

Lagartijo le debe el toreo la depuración de las suertes conocidas que hizo que lo existente resultase renovador y mejorado entre sus manos. A Frascuelo, el toreo de poderío y un control y habilidad con la espada, cumbre de la fiesta.

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ÉPOCA DE TRANSICIÓN

El último tramo del siglo XIX y los inicios del siglo XX trazaron un cambio profundo y persistente en la concepción del toreo y en la interpretación de sus suertes. Con Rafael Guerra Guerrita el toreo cambia, se hace más arte que lucha. Según José María de Cossío: “La seguridad con que el diestro cordobés afirmó los cimientos de la corrida, vigiló todos sus tercios practicándolos eminentemente, conservándose su sentido a prueba de caprichos y extravagancias de los diestros, fueron servicio invaluable que prestara a la evolución de la fiesta.”

Cabe al sevillano Manuel García el Espartero (1865-1894) —muerto en las astas de Perdigón de la ganadería de Miura—, al también sevillano Antonio Reverte Jiménez (1870-1903) y a Antonio Montes, nacido en Sevilla en 1876 y muerto en México en 1907 como consecuencia de las heridas que le produjo Matajaca, de la ganadería de Tepeyahualco, cumplir como los principales eslabones en la cadena que une el toreo clásico de finales de siglo con el toreo moderno, a la belmontina. El pase más característico del Espartero, adelantando la pierna contraria para hacerlo más hondo, fue precedente inmediato de la forma de cargar la suerte belmontista.

No menos importantes que estas innovaciones técnicas fueron los cambios que se produjeron en la bravura de los toros y en su comportamiento con el torero. En especial por el mayor quebranto que sufrían los animales durante la corrida, tanto por el distinto castigo con los hierros como por el mayor forzamiento en los pases. Se pasó, pues, de un toreo de preservación a otro fundamentado en la belleza y el riesgo aceptado durante la faena. Este aspecto se singulariza y evidencia en la transformación de los quites, que pasan de ser ayuda o socorro en ocasión de peligro a auténticos momentos de lucimiento artístico de los matadores. Durante el tercio de picas abundan más las suertes de capa que los propios puyazos. De aquellas, la variante fundamental afecta a la verónica, en la que el cite de frente es sustituido por el de costado. Las innovaciones más difundidas son la aparición del farol en 1855, inventado en pase y nombre por Manuel Domínguez; los recortes capote al brazo que instrumentaba Antonio Reverte y el pase cambiado de rodillas de Fernando el Gallo. En banderillas aparecen el cuarteo y el quiebro, este último ensayado por primera vez por Antonio Carmona el Gordito. Disminuye, también, el tamaño de la muleta y Cúchares inventa los pases ayudados por alto. Se generaliza, por último, la estocada al volapié. Como observa José María de Cossío: “La época es de plena madurez, ya que logra, en síntesis ejemplar, depurar y perfeccionar la suerte básica de la lidia, que es la muerte del toro, y dar un impulso a los elementos propiamente artísticos del toreo. La corrida que pudiéramos llamar moderna queda perfilada y definida.”

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SIGLO XX

Durante el siglo XX, el arte de torear pasa en España por momentos especialmente definidos: los años que preceden a la Guerra Civil, la década posterior y lo acontecido en su recta final. Después de más de una década considerada de transición, la aparición y enfrentamiento de las figuras de Joselito el Gallo y de Juan Belmonte fundaron la denominada “edad de Oro del toreo moderno”, que se extiende desde la toma de alternativa de Belmonte, el 16 de octubre de 1913, hasta la muerte de Joselito el 16 de mayo de 1920 en Talavera.

Dos concepciones y dos sentimientos del toreo, dignos y trascendentes por igual, contendían, no por el primer puesto en el escalafón, sino por conquistar la más alta cumbre del toreo. La rivalidad entre ambos no perseguía la eliminación del contrario del planeta de los toros, sino que, antes bien, Joselito abelmontó su extraordinario conocimiento y sus facultades, mientras Belmonte añadió a su personalidad única un mejor dominio de los secretos de la lidia, aprendidos a su vez de Joselito. De este modo, técnica y arte concurrían en el verdadero nacimiento del toreo moderno. En palabras del crítico José Antonio del Moral: “Hasta advenir Belmonte, torear consistía en esquivar las acometidas del toro sobre las piernas, con más o menos valor, con mayor o menor habilidad y arte. Pero Juan Belmonte impuso la quietud de los pies y la templanza, la despaciosidad en la realización de las suertes, por lo que fue y será considerado como el fundador del toreo moderno”. La muerte de Joselito deja solo a Juan Belmonte, que ya nunca fue el mismo, aunque, después de una breve retirada, se afirma que en su regreso a los ruedos aún toreaba mejor. Se impuso la concepción belmontista y se inició la que ha sido llamada edad de plata, que cubre la década de 1920 a 1930, y que se podría extender hasta la conclusión de la siguiente, marcada por la Guerra Civil. Fue esta una época ensombrecida por el elevado número de toreros que perecieron en las astas de los toros, como Manuel Granero (1922) e Ignacio Sánchez Mejías (1934) entre los más destacados. Los más importantes de entonces fueron Marcial Lalanda, Manolo Bienvenida, Pepín Martín Vázquez y Domingo Ortega.

Al término de la contienda —que, además de otras desgracias más dolorosas, dejó la ganadería de toros bravos en lastimosas condiciones— surgió como figura que gobernaría hasta su muerte el toreo de la posguerra el cordobés Manuel Rodríguez Manolete, un torero que extremaría la revolución belmontista y que impondría, además, la regularidad más estricta en sus faenas y una perfecta eficacia en la suerte suprema, maestría que no pudo impedir, sin embargo, la mortal cogida del matador, el 28 de agosto de 1947, en Linares, al ejecutarla frente a las astas de Islero, el nombre de uno de los toros célebres de la historia de la tauromaquia. La figura pareja de Manolete en estos años fue el sevillano Pepe Luis Vázquez y en grado menor Antonio Bienvenida. La década de 1950 se inicia con la aparición de dos toreros tan opuestos como complementarios: Julio Aparicio y Miguel Báez Litri, y tiene sus dos personalidades más señeras en Luis Miguel Dominguín y Antonio Ordóñez, que ejerce su magisterio durante 20 años.

La década de 1960, polémica por el imperio que ejerce un torero singular y discutidísimo, Manuel Benítez el Cordobés, contempla, sin embargo, la aparición de algunas de las figuras más personales y carismáticas del toreo moderno: Paco Camino, Diego Puerta, Santiago Martín el Viti, Jaime Ostos, Curro Romero, Rafael Ortega, Antonio Chenel Antoñete y Rafael de Paula. La década siguiente, la de 1970, fue una etapa de transición, en la que, sin embargo, aparecieron y brillaron algunos grandes toreros: el malogrado Francisco Rivera Paquirri, José María Manzanares, Dámaso González, Pedro Moya Niño de la Capea y Curro Vázquez.

En los últimos años del siglo XX y los primeros del XXI, además de un renovado impulso a todo lo que rodea a la fiesta del toro, varios toreros han recuperado toda la tradición clásica del toreo: Juan Antonio Ruiz Espartaco, José Miguel Arroyo Joselito, Enrique Ponce, Julio Aparicio, el colombiano César Rincón (el único matador que ha abierto la puerta grande de la plaza de Las Ventas de Madrid en cuatro tardes consecutivas), José Tomás o Julián López Escobar el Juli.

 

 

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El toro bravo; Entre ecología y disfrute

El toro bravo es un defensor del medioambiente; un valor ecológico de primera magnitud, y un elemento fundamental para el mantenimiento y pervivencia de la dehesa, un ecosistema único y exclusivo de la Península Ibérica. Éste es el argumento fundamental de los expertos consultados por este periódico cuando se les pregunta por la relación entre el toro de lidia y su entorno natural. José Luis García-Palacio, ganadero y presidente de Asaja Huelva, llega a afirmar que “si desapareciera el toro, se perderían las más de 500.000 hectáreas de dehesa, por lo general las de mayor calidad, que ocupan las 1.100 ganaderías españolas”.

La cabaña brava consta de 135.000 vacas en edad de reproducir -más de 35.000 en Andalucía- integradas en cuatro asociaciones ganaderas: la Unión de Criadores de Toros de Lidia (UCTL), que agrupa a las casi 300 ganaderías más prestigiosas, de las que 130 son andaluzas; la Asociación de Ganaderías de Lidia, que reúne a 420, de las que 88 residen en el sur, y el resto se las reparten la Agrupación Española de Ganaderos de Reses Bravas y Ganaderos de Lidia Unidos. Entre todas ellas ocupan el 17% de los más de tres millones de hectáreas de dehesa que existen en el país.

Y lo más curioso es que esta “actividad empresarial” se realiza, por lo general, por afición y disfrute y no por un legítimo beneficio económico. Así lo afirma Pablo Campos, economista ambiental y profesor del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, quien señala que “un propietario medio de dehesa que cría ganado de lidia tiende a perder dinero, pero ésa es la situación que está dispuesto a pagar por el autoconsumo de su renta ambiental”. “Se costea su disfrute ambiental”, añade, “e invierte en un lujo no para vivir, sino para gozar”. Es lo único, en su opinión, que explica la continuidad de la dehesa, “porque su renta de capital es el disfrute de su propietario”.

Lo que parece claro, en primer lugar, es que el toro cumple un papel relevante en su entorno medioambiental. Isabel Carpio, secretaria general de la UCTL, señala que “la ganadería brava hace un aprovechamiento racional de los recursos, mantiene el ecosistema, contribuye al equilibrio del medio en que vive y, sobre todo, protege la dehesa porque limita el acceso del animal más depredador que existe: el ser humano”. El famoso ganadero Victorino Martín hijo asegura, por su parte, que “el toro es un gran defensor del medioambiente porque ha convertido la dehesa en un espacio casi virgen”. Y Eduardo Martín Peñato, presidente de la Asociación de Ganaderías de Lidia, afirma que “las dehesas existen gracias a la rusticidad del ganado bravo -fácil adaptación, aprovechamiento de alimentos marginales y capacidad para sobrevivir con las mínimas condiciones ambiéntales-, lo que las mantiene limpias y permite la compañía de otros animales”.El economista Pablo Campos sostiene que la cría del toro es muy favorable a la conservación del ecosistema de la dehesa, y, aunque asegura que no es aficionado, considera que debe prevalecer la fiesta de los toros para que no desaparezca el animal, lo que no se puede asegurar si su pervivencia dependiera en exclusiva del poder público.

Y José Luis García-Palacio, que lleva años estudiando las condiciones de la dehesa, concluye que “la mejor herramienta de conservación de la dehesa es el ganado vacuno, y, en especial, el bravo, porque es el que mejor aprovecha sus condiciones durante todo el año, y no el cerdo ibérico, como se pudiera pensar, que se limita a comer bellota durante los meses de la montanera”. Insiste el ganadero en que los propietarios de ganado bravo aportan un bien a la sociedad “porque mantienen dehesas que son sumideros de CO2 y producen oxígeno, fijan la población de los medios rurales e invierten en un negocio de escasa rentabilidad porque el toro exige unas dehesas limpias; si las abandonamos, desaparecerán en 25 años”.

La secretaria general de la UCTL añade que “la dehesa es el ecosistema por excelencia”, y que su protección debe ir unida a la del toro bravo. De hecho, la dehesa como joya medioambiental es el lema de la Feria Mundial del Toro, que se celebrará en Sevilla el próximo año. Pero Isabel Carpio se lamenta de que el Ministerio de Medio Ambiente no haya captado este mensaje, “aunque, antes o después, deberá reconocer que el toro es una raza especial, un abanico de biodiversidad que ningún otro animal puede aportar, y que está estrechamente ligado al mantenimiento del medio ambiente”. Victorino Martín apostilla que “el patrimonio genético del toro es de un valor incalculable, que, además, se ha mantenido a lo largo de los siglos porque es el único animal que se ha seleccionado en la búsqueda de un determinado comportamiento”.

Por último, García-Palacio llama la atención sobre la situación de la dehesa, “la forma de explotación más inteligente que el ser humano ha desarrollado en la naturaleza”, que ocupa una parte del cuadrante suroccidental de la península, desde Salamanca, Ciudad Real y Toledo hacia el sur de Andalucía y el Alentejo portugués. A su juicio, sufre, por un lado, un vacío legal, puesto que la aprobación de la Ley de la Dehesa de Andalucía ha sido aplazada hasta la próxima legislatura, y la desaparición progresiva, por otro, de encinas y alcornoques a causa de un hongo que pudre las raíces de estos árboles.

Para afrontar ambos problemas se ha creado el Foro Encinar, que preside él mismo, e integra a universidades, organizaciones empresariales, patronatos de turismo y ganaderos, hasta un total de 50 instituciones públicas y privadas de España y Portugal. “Si no cuidamos la dehesa”, afirma, “no habrá cerdo ibérico dentro de 50 años, habrá que criar los toros en establos y el impacto ambiental, económico y social será brutal”. “La dehesa”, concluye, “es el pilar fundamental del sector primario, y está íntimamente unida a la agricultura, a la ganadería ovina, vacuna y porcina, y a productos turísticos y gastronómicos; al mismo tiempo, es una excelente reserva de vida silvestre, tanto de flora como de fauna, desde el jabalí, al lince ibérico, el buitre negro y el toro bravo. Merece la pena que la cuidemos…”.

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La técnica del toreo

Discurso pronunciado por el maestro Enrique Ponce en la Academia de Córdoba.

Ante todo quiero que mis primeras palabras sean para expresar la emoción que siento al estar hoy aquí y lo que para mí significa este acto. En primer lugar quiero expresar mi agradecimiento a los Excmos. Sres. académicos que con sus votos han hecho posible que esta noche me encuentre ante ustedes para tomar posesión como académico correspondiente de la real academia de córdoba, de ciencias, bellas letras y nobles artes. es para mí un honor este nombramiento por muchas razones, una de ellas por ser el primer torero de la historia al que se le nombra académico de una real academia y, como consecuencia, porque con ello se reivindican oficialmente los valores culturales y artísticos que entraña el toreo, nuestra fiesta nacional.

No es de extrañar pues que grandes genios literarios y artistas de todos los ámbitos se hayan inspirado y se sigan inspirando constantemente en el toreo para realizar grandes obras de arte.

Piensen lo que sucedería si en Inglaterra existiera una fiesta popular que hubiera hecho a Hemingway dedicarle varios de sus libros. Piensen que en Portugal existiera una ceremonia tradicional que hubiera merecido una serie de litografías de Picasso o Goya. Piensen que en Alemania existiera una costumbre de sus pueblos que poseyera tal fuerza que Bizet le hubiera dedicado una ópera universalmente conocida. Esa hipótesis existe y se convierte en realidad en el legado de la cultura española y tiene un nombre que no necesita traducción: fiesta nacional, tan presente en todas las bellas artes.

Y es que si nos parásemos a pensar, en una tarde de toros se conjugan todas estas artes: la música, que suena de fondo ante una gran faena; la escultura, que se materializa en cada uno de los lances o suertes del toreo, en embroque de onírica torería, con la diferencia de que esa escultura irrepetible cobra vida y emociona más que ninguna otra y permanece en nuestra retina durante toda la vida sin que nunca jamás se pueda volver a ver. Sobre el bronce nadie como mi paisano mariano Benlliure atrapó la bravura de un toro en su agonía cuando quiso homenajear a su gran amigo, el torero cordobés, Rafael González “Machaquito”, por haber elevado a la categoría de arte una estocada a un toro de miura en Madrid en el año 1907. Sólo Benlliure podría captar la angustia de un pueblo ante su torero caído en la arena, angustia que se refleja en el mausoleo de “gallito”; en la pintura, porque como dice mi amigo el maestro botero “una corrida de toros se pinta sola” ya que tenemos todo el colorido y la luz del mejor de los cuadros, quedando esto de manifiesto en las tauromaquias de botero, Picasso, Goya, Roberto domingo o del actual y también afamado Miguel Barceló; está presente el toreo en la poesía, porque algo de extraordinario tiene que ocurrir en el ruedo a las 5 en punto de la tarde, la hora mágica del toreo, para que un genio como Federico García Lorca se inspirara para dar fruto a uno de los mas grandes poemas de la literatura universal, “el llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías”, y para que en la obra de Rafael Alberti figuren numerosos poemas taurinos, y sintiera la íntima necesidad de vestirse de luces y hacer el paseíllo en la cuadrilla de Sánchez mejías en la plaza de Pontevedra en 1927; en la ópera, Bizet convierte en héroe de una historia universal de amor y de celos a un torero en “carmen”; en el teatro, también el toreo asume una gran parte de su escenificación porque de alguna manera el matador se convierte en actor, con la diferencia de que en el escenario del ruedo se muere de verdad. en España tenemos un gran dramaturgo comprometido como ningún otro con nuestra fiesta, que plasma con gran sentimiento y verdad en su obra “controversia entre el toro y el torero”, él es el gran maestro Albert Boadella; en la danza, que tantas veces ha sido comparada con el toreo por los ademanes que se asemejan a los de un gran bailarín; y en la literatura en general, a la que dedicaron parte de su obra Bergamín, José María Pemán, Pablo Neruda, Rafael Duyos, Blasco Ibáñez, que con su novela “sangre y arena” dió pie a que la meca del cine americano se interesara por la fiesta de los toros desde otro ángulo, y muchos más escritores que dejaron constancia de su creatividad y arte abordando temas sobre tauromaquia.

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